¿Dónde está el Socialismo del Siglo XXI?


Con la llegada de Nicolás Maduro y la caída de los precios del crudo, la Venezuela optimista de Chávez entró en una etapa de amodorramiento.

Si se acepta esta observación, deberíamos convenir en que hay algo más que ideología detrás del escenario bolivariano heredado.

Hoy todas las culpas se dirigen hacia el presidente venezolano, acusándole de tratar a sus seguidores como guerreros dispuestos a defender la máxima felicidad del Socialismo del Siglo XXI, de carecer de las ventajas de los estadistas, de que sus fuerzas armadas están envalentonadas y, que ha convertido a Venezuela en un país de tercera.

Se le objeta de dirigir a sus leales a fuerza de sueldos, regalías, discursos insuflados y grandes mentiras.

Pero nadie se hace la pregunta de siempre: ¿a quién favorece más la injusticia que viven los venezolanos?

Si se puede hacer y aceptar todo ello, ¿por qué no somos capaces de cuestionar con la misma virulencia sostenida al nuevo gerente estadounidense?, ¿por qué se olvidan tan fácilmente los 43 estudiantes desaparecidos del fotogénico presidente de México?, ¿por qué al nuevo hombre de estado mundial chino se le perdonan sus millares de ejecuciones secretas anuales?, ¿por qué al proceso turco, que ha despedido a más de 100 mil personas, se le perdona fácilmente?, ¿por qué a Arabia Saudí no se le castiga por liderar una coalición que ha bombardeado escuelas, hospitales, mercados y mezquitas en Yemen usando municiones de racimo?, o ¿por qué a Israel se le trata con tanta deferencia cuando invade Palestina? ¿Por qué esos países no son cuestionados por los grandes líderes mundiales?

Pocas dudas deberían tener, no sólo los venezolanos, sobre cuáles son los tipos de gobierno respetados, admirados y aceptados en el mundo, lo mismo debería suceder del lado contrario; no es un debate absurdo el cuestionarnos a nosotros mismos y cuestionar a quienes nos lo hacen, sin diferencia de edad, color, religión, ideología o sexo.

El Socialismo del Siglo XXI transita un camino paralelo a la socialdemocracia europea: descrédito, ineficiencia, desorientación y la deslegitimación de arrogarse la representación de la izquierda mundial, pero de ahí a que unos cuantos dispongan cuál debe ser su destino, existe un gran trecho.

Hemos escrito, en este mismo medio, acerca del origen de los nuevos líderes de la oposición venezolana, de los éxitos que sus antecesores, demócratascristianos y socialdemócratas, tuvieron durante sus más de 40 años de democracia. Si sus antepasados triunfaron en su tarea, ¿por qué los venezolanos se los quitaron de encima a sombrerazos?

Baste recordar que en 1999 la tasa de desempleo en Venezuela era del 15% y en 2015 del 7%, que en ese 1999 el 49.4% de los venezolanos eran pobres, en 2005 el 37.5%; en 2012 el 25.4% aunque en 2013 creció hasta el 32.1%; tampoco se debería olvidar la indigencia hoy es del 9.8% cuando en 1999 era del 21.7%.

Si estos datos no son tan malos, ¿por qué tanta significancia en todo lo que se hace en Venezuela?

El tema es que con la historia no se come ni se bebe, Nicolás Maduro parece tener los días contados por la terquedad o incapacidad de no saber cómo convertirse en un socialista útil o necesario.

También es posible que el Socialismo del Siglo XXI, que lideró Chávez y que hoy  dirige Maduro, se haya centrado más en su lucha diaria regional que en definir los puntos centrales de cómo resolver las contradicciones sociales venezolanas o, que haya menospreciado – en su intento de consolidarse como movimiento revolucionario – la legión de oportunistas que le han rodeado y la manada de huelguistas que al final han convertido en hostil al Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV).

Todo sugiere que han faltado análisis, autocríticas y una mayor aceptación de las minorías discrepantes. Los hechos de hoy ilustran que se han cometido demasiados errores en estos 17 años de revolución.

No obstante, no recuerdo un escenario donde Venezuela haya vivido sin crisis económica, política o social, y no tengo memoria de ataques mediáticos tan inmensos como el que sufre hoy el gobierno bolivariano; el “caracazo” de Carlos Andrés Pérez, en comparación, parece haber sido una bendición divina.

Viéndolo desde fuera, quizá lo mejor hubiese sido hacer el referéndum, perderlo y regresar más adelante con más fuerza y un espíritu más renovado, ¿pero quién se marcha del poder, así por las buenas?, en España la corrupción se mastica y la orden del presidente Rajoy es aguantar, negar y reinventarse.

En la forma, los grandes medios económicos internacionales y los creadores de opinión están triunfando al presentar a Maduro como el beneficiario ineficiente de Chávez y el peor enemigo del Socialismo del Siglo XXI.

Sin embargo, en un alarde de arrogancia deberíamos mirar más el fondo para intentar conocer hasta qué punto es o no cierto todo lo que se dice; por qué no preguntarnos cuántos muertos forman parte de los huelguistas opositores y cuántos de la fila chavista, porque todos los muertos duelen o, cuántas dictaduras permiten que sus opositores salgan y presenten sus quejas en organismos como la OEA o en televisiones extranjeras; Korea del Norte puede valer de ejemplo.

Pero, ¿quién está dispuesto a leer minuciosamente cada detalle sobre Venezuela?, esta simple premisa nos debería permitir discernir lo auténtico que deben ser los ataques del capital contra cualquier gobierno disidente, máxime si se trata del país más rico del mundo en petróleo.

Conocer el caso venezolano no proviene sólo de leerlo en los periódicos o escucharlo en las tertulias y telediarios; esos espacios muestran lo crudo de algo a ras de suelo, pero son incapaces de fundamentar el detalle; esto es conocido perfectamente por quienes crean los folletos que intentan convertirse en la historia contemporánea venezolana; esos historiadores ya están bastante fogueados en estos asuntos.

La sociedad no debe dejar que la turben porque se convierte en cómplice del más poderoso, por lo menos debería exigir a quienes les advierten y dicen tener la verdad en sus manos, que les descubran sus entresijos.

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